Luis López-Rey

Sobre Luis

CRÓNICA DE UNA INJUSTICIA
..La vida, por sí misma -y sin ningún tipo de ayuda-, es la mayor de las injusticias posibles porque nos recuerda permanentemente que su fin es la muerte. Por otra parte, atendiendo a su máximo grado de evolución, es lo más justo a lo que uno puede aspirar porque no permite excepciones en su final.
El nombre que representa la vida que me corresponde vivir es Gema. Y dicho así, sin más, pues no tiene otro significado distinto a cualquier otro nombre que os podáis imaginar porque, al fin y al cabo, si tenemos en cuenta lo dicho en el párrafo anterior, el nombre es lo de menos. Vivo, y moriré, como cualquier otro ser humano, como cualquier otro ciudadano, amparado, en toda su extensión, por el sistema legal que rige en la sociedad donde me encuentro integrada.
Antes de seguir con mi exposición de mi percepción particular de la crueldad de la injusta puta vida, he querido darme una vuelta cultural por la RAE para intentar buscar un poco de color a lo gris que emana de la palabra generalista e impersonal “ciudadano”. Quizá así pueda entender qué significado tiene mi periplo vital. O no.

1. adj. Natural o vecino de una ciudad. U. t. c. s.
2. adj. Perteneciente o relativo a la ciudad o a los ciudadanos.
3. m. y f. Persona considerada como miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes.
4. m. hombre bueno (‖ hombre que pertenecía al estado llano).
5. m. Habitante libre de las ciudades antiguas.
Comenzando ya con el relato de la última porción de la vida que me ha tocado en suerte -o en mala suerte, según el prisma-, deciros que llevo cuarenta y cinco años de relativamente apacible viaje.
Nací en el seno de una familia de lo más normal, en una época de pleno desarrollo de un país que siempre he considerado agradable y moderno, y que, hasta hace bien poco, me ha ido surtiendo de lo necesario en todos los planos posibles: estudios, trabajo, economía propia e independiente, familia, amigos, salud, deporte… y una rutina a la que matizo continuamente para hacerla de mi total agrado. Nada estridentemente distinto a las aspiraciones comunes de cualquier ciudadano de a pie.
Nunca me he sentido un punto y aparte en la sociedad. Al contrario, siempre he estado muy ligada al entorno en el que me ha tocado nacer y desarrollarme, y lo hice siempre, con sus más y sus menos, con entusiasmo y con la alegría que supone el no sentirme un ser individual y extraño. Siempre colaborando en la medida que me toca.
Sin duda, de entre todos los grupos sociales que me han tocado en suerte, y que, hasta ahora, me han ido arropando y enriqueciendo como persona, sin menospreciar otros, el más importante, valioso e irrenunciable está siendo mi familia.
Esa familia, que tanto me aporta constantemente, está compuesta por personas extraordinariamente civilizadas de gran corazón que me llenan y que velan permanentemente mis sueños y mi realidad. Soy muy afortunada de tener los padres que la iniciaron, unos hermanos que la continuaron, un marido, cuñada y unos sobrinos e hija que la siguen acrecentando en una línea de continuidad, creedme, envidiable. Supongo que como la mayoría de las familias al uso.
No me he equivocado en el párrafo anterior cuando utilicé el tiempo presente del verbo para referirme a mis progenitores, no. Cierto que ya no están con nosotros, pero su presencia espiritual nunca se disipará porque su espíritu forma, y seguirá formando, parte del mío, de los de mis hermanos, hija y sobrinos.
Hace ya año y medio que el cuerpo que albergó la figura de mi madre nos lo acabó arrebatando la peste que supone la odiosa enfermedad del Alzheimer. Ninguno de nosotros estamos libres de terminar nuestro limitado paseo por la tierra con una enfermedad de carácter senil que anule nuestras voluntades antes de exhalar nuestro último suspiro.
Son este tipo de enfermedades de una crueldad tal que acaban, incluso, robándonos nuestra propia dignidad. Sin embargo, desde una perspectiva de positivismo, tienen la facultad de impedir que las personas que las padecen sufran el conocimiento de su inminente extinción física. Tienen la facultad, también, de permitir que nos podamos volcar con nuestros familiares que las padecen devolviéndoles toda la atención y cariño que ellos nos dispensaron siempre que lo necesitamos. Tienen la facultad, por último, de permitirnos acompañar al enfermo en todo momento para poder ayudarles, sin su conocimiento, a dar el salto mortal existencial.
La otra parte de la pareja que planificó mi venida a este mundo, mi padre, tampoco está. Ya no está. Sin hacer ruido y sin molestar, hace ya 2 meses (20/03/2020), y de manera muy rápida, alguien decidió que no tenía derecho a seguir viviendo. Alguien decidió, sin consultar a la familia, que era un ser no prioritario y que, por ello, no tenía derecho a ser cuidado en las mismas condiciones que cualquier otro ciudadano de este país. La gris palabra “ciudadano”.
Inmersa en la ceguera de mi enojo, no acierto a entender qué diferencia existe entre ser no prioritario y ser susceptible de aplicación de una eutanasia encubierta no consentida; es lo mismo. Y me pregunto, ¿quién es nadie para decidir quién debe vivir y quién debe morir sin dar oportunidad a la actuación, certera o no, de los medios físicos y químicos de los que dispone de la sanidad pública en un último intento de recuperación de la salud perdida?
Me pregunto, también, una y otra vez, en el ofuscamiento que me produce la injusticia a la que ha sido sometido mi padre, ¿qué daño habrá hecho él para que no se le puedan aplicar remedios de contrastada eficacia de recuperación de su enfermedad, como a cualquier otro ciudadano? ¡Vaya, otra vez esta palabra sin brillo!
Es mucho el dolor que siento después de los acontecimientos vividos e intento paliar ese daño forzando a mi memoria a producir recuerdos agradables sobre la vida disfrutada al lado de mi padre y recuerdos no tan agradables que él nos trasmitió sobre sus años de niñez y juventud.
Mi padre tiene 83 años (sigue vivo en mis neuronas) y no es difícil deducir la relación que tiene con él el número 1936. Sí, es el año de su venida a este mundo. El año cero en el que comenzó su vida cruel que hace una semana se terminó de completar.
Tampoco es muy difícil deducir que, como para otros muchos millones de españoles de la época, sus primeros años no fueron nada fáciles. Nació entre bombas, tanques, balas perdidas y demás artilugios bélicos de nuestra tan nombrada Guerra Civil. Por si acaso esto no fuese suficiente, terminada la guerra, a él, y a otros muchísimos conciudadanos, le tocó vivir la cruelísima posguerra acompañado de la amistad de la miseria y las cartillas de racionamiento.
Quizá por eso tuvo que empezar a trabajar de sol a sol con apenas siete años de edad. ¡Siete años! ¿Podemos hacer un pequeño ejercicio de reflexión para darnos cuenta de la situación vivida por él en aquellos años? ¿podemos seguir haciendo otro ejercicio de reflexión y pensar en nuestros hijos en condiciones semejantes? Mejor dejarlo y no traer pensamientos tan crueles.
Mi padre fue uno de los muchos que, con su sudor, a pico y pala, colaboró a la reconstrucción y construcción, directa o indirectamente, de este país, de sus carreteras, de sus puertos, aeropuertos y ferrocarriles, del sistema de salud, de colegios, universidades y sistema educativo en general, del sector primario y de la industria, de sistemas de distribución de energía y suministros de agua, sistemas de alcantarillado y recogida de basuras, de nuestras cómodas viviendas, de teatros, cines y salas de fiesta, en fin, del estado de bienestar que disfrutamos ahora.
Trabajador incansable desde siempre, no contento con su actividad fuera de su casa, consiguió construir una familia modélica llena de valores para que pudiesen continuar la labor iniciada por él y así poder retirarse a descansar y disfrutar de una juventud que en su día le fue negada.
Y así estaba, feliz. Así, con sus 83 años, se mantenía jovial y activo todos los días viviendo sólo en su casa. Todavía con ganas de comerse el mundo pese al varapalo que supuso el hacer de enfermero hasta las postrimerías vitales de su esposa. Con mucha actividad social y familiar, sin pedir nada, valiéndose por si mismo…y se cruzó en su camino el HDP COVID-19.
Su última, muy cruel y corta historia vital empezó el pasado nueve de marzo. Se levantó ese día, como cualquier otro, , a pesar de tener una “gripe común”, como le había diagnosticado su médico de atención primaria a finales de febrero, con todo el ánimo para vivirlo intensamente haciendo todo lo que le pedía el cuerpo hasta que un síncope lo dejó tirado en plena calle. Le repitió varias veces mientras llegó el equipo médico que lo atendió. Equipo médico que, después de hacerle un electro y tomado la temperatura, le diagnosticó una atrofia ventricular y fiebre de origen desconocido y, lejos de ingresarlo, ante la ya más que incipiente pandemia, lo trasladó a su casa.
Como su estado no mejoraba, su médico de familia lo atendió al día siguiente no dando ninguna importancia a los síntomas que estaba presentando (nauseas, fiebre alta y malestar general), y acabó diagnosticando gripe común y prescribiendo paracetamol, antibiótico, mucha agua y reposo en casa.
Sin atisbo de mejoría en los siguientes días, mis hermanos y yo quisimos ponernos en contacto con servicios médicos por varios medios (112, 900 especial Covid 19, centro de salud…) sin que nos hicieran caso de la voz de alarma y del auxilio que reclamamos más allá de decirnos que continuase con el tratamiento prescrito, pudiendo tomar paracetamol cada cuatro horas. Fuimos siempre conscientes de la gravedad de la situación que se empezaba a sufrir en la sanidad pública en la Comunidad de Madrid y en España en lo que respecta a la multiplicación de casos de infección por Covid 19, como también lo éramos del grave estado en el que se encontraba nuestro padre, que también empeoraba por momentos.
No fue hasta el domingo, día quince, que conseguimos que nos hicieran caso. Ese día acabaron trasladando a mi padre de urgencia al hospital donde, después de hacerle todas las pruebas de diagnóstico necesarias, acabaron concluyendo que su “gripe común” ya había evolucionado a neumonía y que era preceptivo hacerle el test de detección del Covid 19.
Me mantuve todo el domingo en el hospital muy inquieta a la espera de que alguien del personal adscrito a dicho hospital me comunicase qué estaba ocurriendo con mi padre y nadie me supo dar respuesta. Esperé hasta el lunes a las ocho de la mañana para ponerme en contacto telefónico con mi padre y fue él el que me comunicó que, además de la neumonía, había dado positivo como afectado por el Covid 19. Siempre de manera positiva, intenté trasmitirle ánimos diciéndole, como así lo creía, que todo iba a salir bien. Mi esperanza se adelantó a los acontecimientos y se equivocó. Ahí comenzó el final.
Ese mismo día, esperó mi marido hasta la una del mediodía para escuchar de primera mano el diagnóstico del médico que le había sido asignado a mi padre.
Cuando llegó a casa no tuve que esperar a que hablase para darme cuenta que la cosa no pintaba bien. Positivo como es, con aspecto contrariado y asustado me comunicó que la doctora que le atendía le había transmitido que mi padre tenía una respiración muy comprometida (poca saturación pese a que se le estaba administrando oxígeno) y que, pese a que él le había dicho que se encontraba bien, había que dar un tiempo y esperar para ver la evolución real.
Mantuvimos con mi padre un contacto continuado durante el resto del día y él no se cansó de repetirnos lo que ya le había dicho a la doctora: “yo me encuentro bien”.
El día siguiente, martes, fue muy parecido. Ese día acudí yo a recibir la información directa de la doctora quien me trasmitió lo mismo que le había dicho a mi marido el día anterior si no hubiese sido por el añadido de informarme que, además de la neumonía severa que estaba sufriendo, su situación se complicaba debido a un neumotórax que había sufrido hacía cincuenta años y que, hasta entonces, no le había causado ningún problema.
Una vez allí, ante la posibilidad que me ofrecieron de entrar a su habitación a verle, pertrechada con los EPI´s preceptivos (mascarilla, guantes y bata), quise visitarlo y comprobar por mi misma el estado de ánimo de mi padre.
Efectivamente, pese a la gravedad del cuadro de salud que estaba sufriendo, mi padre seguía siendo el mismo que había sido días anteriores: mismos ánimos, mismas ganas de comerse el mundo y de luchar por su recuperación, mientras, una y otra vez, me repetía que se encontraba incluso mejor que cuando había llegado al hospital. Así las cosas, salí convencida de allí de que mi padre acabaría superando a la “BESTIA” del Covid 19 y pronto estaría de vuelta en su casa. Sin embargo, no nos duró mucho la emoción de la alegría de ver con ánimos a mi padre.
Al día siguiente, miércoles, esta vez a través de mi hermana, recibimos el palo más grande que nos podían dar. No sólo nos dijeron que mi padre estaba muy malito, no. La noticia la completaron diciéndonos que mi padre era un claro caso de enfermo con necesidad imperiosa de intubación pero que no lo harían porque no era un enfermo prototipo ya que superaba la edad de 80 años y sus pulmones no estaban bien para recibir semejante tratamiento. Nos comunicaron también que ya en el desayuno le habían suministrado morfina. Es más, en mi visita a la doctora que lo atendía, con lágrimas en sus ojos, ésta me dijo que en casos similares lo que suelen hacer es sedarlos desde el principio, y si no lo había hecho hasta ese momento había sido porque mi padre estaba en su pleno juicio y le parecía injusto tomar semejante decisión.
El mismo miércoles y el día siguiente, jueves, todavía no sé ni cómo porque no estábamos preparados para asumir que mi padre no saldría del hospital con vida, tuvimos que hacer de tripas corazón y, mediante video llamadas, conseguimos trasmitirle la unión de la familia como si fuésemos los mosqueteros de Alejandro Dumas “TODOS PARA UNO Y UNO PARA TODOS”.
El viernes día veinte de marzo, pese a tener cuatro hijos, un yerno, una nuera y cinco nietos, mi padre acabó exhalando su último suspiro sólo, sin que pudiéramos acompañarle en tan duro trance devolviéndole todo el cariño y el amor que nos había dado y que, sin duda, se merecía.
Y que después de todo esto aún tenga que leer en los medios y en las RRSS las declaraciones, más que desafortunadas, de algún responsable político diciendo que “se ha dado cuenta que España está plagada de mayores”.
Que tenga que ver en la televisión cómo el Vicepresidente del Gobierno pide encarecidamente el confinamiento de los ciudadanos mientras el se salta a la torera su cuarentena, por lo menos dos veces, teniendo a su mujer Ministra infectada con el Covid 19.
A mi padre, un hombre con nombre y apellidos, con una familia que lo amaba y una historia muy dura vivida, a sus 83 años se lo llevó por delante el Covid 19.
¿Quién sabe si por la negligencia de los que nos gobiernan, al no anticiparse a lo que podría ocurrir en España observando lo que ya estaba ocurriendo en otros países y, sobre todo, desoyendo las recomendaciones de instituciones internacionales de relevancia (la OMS) cuando ya en enero advirtió de la gravedad que podía alcanzar esta pandemia?
¿Quién sabe si por todavía más negligencia de los que nos gobiernan (Ministro de Sanidad, Ministra de Economía y Hacienda, Vicepresidenta Primera, Generalitat de Catalunya, Ayuntamiento de Barcelona, Fernando Simón especialista en pandemias), allá por principios de febrero, cuando negaron la mayor en el momento que las empresas iban abandonando su presencia en la feria de Mobile Word Congress por medio a la pandemia?
¿Quién sabe si mucha más negligencia de los que nos gobiernan permitiendo espectáculos deportivos, cines, teatros, salas de fiesta, celebraciones religiosas, bares y restaurantes abiertos, clases en universidades y colegios, en tanto en cuanto no se celebraban las multitudinarias, alentadas y politizadas manifestaciones del 8M?
Nunca sabré si intubando mi padre se hubiera podido salvar o era ese el día señalado en su destino y habría dado igual cualquier tratamiento. Lo cierto es que el sistema nacional de salud, lejos de preguntar a la familia, decidió por si mismo que mi padre no tenía derecho a disfrutar de los medios adecuados para intentar salvar su vida y allí se terminaba todo.
El argumento es muy poco igualitario: no hay medios para todos los enfermos y mi padre no era ni prototipo ni prioridad. Quizá el verdadero problema fue que mi padre no era un político ni personaje de relevancia, era un simple ciudadano.
¿Dónde ha quedado el artículo 14 de la Constitución Española? ¿Dónde dice que la edad nos hace desiguales? ¿Podría considerarse la edad dentro del supuesto “cualquier otra condición o circunstancia personal o social”?
ARTICULO 14: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”
Le deseo a todos los políticos que pasen por algo parecido a lo que yo acabo de sufrir a través de haberle negado a mi padre la oportunidad de recuperarse de su enfermedad. ¿Por qué no se pone alguno en mi lugar? Es imposible que lo hagan porque ellos, probablemente, no tendrán ese problema ya que para ellos si se destinarán medios. Todavía hay clases.
Me decían y me aconsejaban que no utilizase la palabra “asesinato” para referirme al caso de mi padre, pero no puedo verlo de otra forma. Esto no es duro, esto es más que eso. Físicamente estamos agotados, pero psicológicamente estamos destrozados.
Ahora te digo, Papá, ese ciudadano ejemplar, allá donde estés sabes que te quise, quiero y por siempre te querré.
No te pudimos velar como nos hubiera gustado, pero cuando todo esto acabe tendrás una fiesta como mereces: con los tuyos, con todos los que te queremos.
Ahora estas en muy buena compañía. Mamá se habrá puesto loca de contenta al haberte visto aparecer. ¡¡Cuídala mucho!! ¡¡Cuidaos mutuamente!! Y recuerda, “SOLO SE MUERE CUANDO SE OLVIDA, Y, NOSOTROS PAPÁ, NUNCA TE OLVIDAREMOS”.
De una hija que impotente intenta buscar una explicación en el sistema que es capaz de hacer un triaje vital no consentido con sus ciudadanos.

Sus Familiares y Amigos

Su hija Gema

ENCIENDE UNA VELA

Por Luis

Enciende una vela como acto simbólico de reconocimiento, homenaje y empatía. Por los fallecidos; por sus familias, amigos y compañeros.

Un comentario en «Luis López-Rey»

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